Leyendas de terror El jarrón de barro


A Calixto le encantaba jugar en el jardín trasero de su casa, imaginando que se había convertido en un gran descubridor de tesoros. La obsesión de encontrar cosas enterradas, le venía directamente de su abuelo, quien en algún momento prestó sus detectores de metal para que las autoridades del pueblo, pudieran localizar un supuesto botín pirata, el cual, dicho sea de paso, nunca fue encontrado.

Retomando nuestro relato, una tarde el niño había pasado un par de horas excavando con sus propias manos. Sin previo aviso, uno de sus dedos tocó un objeto sólido.

El infante corrió a su casa y gritó:

– Papá, encontré un tesoro. Ven y ayúdame a sacarlo, pues creo que está atorado.

Velozmente, el progenitor del chico acudió al llamado de éste. El hombre se sorprendió al darse cuenta de que en efecto su vástago había encontrado algo enterrado en el patio.

Con la ayuda de una pala, logró sacar el pesado objeto. Se trataba de un jarrón de barro, el cual tenía unas inscripciones a los lados.

Una cosa que llamó poderosamente la atención del padre de Calixto es que la vasija antigua estaba sellada por completo con lo que parecía ser un tapón de corcho.

Ya dentro de la casa, el hombre fue a la biblioteca y tomó un libro de arqueología. Buscó en el índice y luego de unos minutos abrió una página en donde aparecía un dibujo bastante similar al jarrón que había encontrado en su domicilio.

De acuerdo con los escritos, se trataba de un implemento que se utilizaba para resguardar las almas de gente perversa que había vivido en el pasado.

– No quiero que mi hijo se involucre con esas leyendas de terror. Exclamó en voz baja, mientras salía de su casa.

Desgraciadamente nadie más volvió a ver al papá de Calixto, pues su camioneta fue encontrada un día después completamente calcinada. La policía no halló el cuerpo, sólo los pedazos rotos de aquel jarrón de barro, ubicados justamente debajo de la puerta del conductor.

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