Leyenda corta de Guadalajara Los perros guardianes

Esta historia comienza a principios del siglo pasado. Un hombre rico del estado de Jalisco de nombre Jesús abordó un crucero por el Caribe, pues quería conocer lugares exóticos antes de morir.

Leyenda corta de Guadalajara Los perros guardianes

Algo que no he mencionado es que ese caballero estaba por cumplir los 70 años de edad. Nunca se había casado y hasta ese momento creía que iba a fallecer en completa soledad. Sin embargo, durante el viaje conoció a una señorita de nombre Ana, de la que se enamoró perdidamente.

Por increíble que parezca, la diferencia de edades (alrededor de 40 años) no fue impedimento para que la pareja fuera feliz. Un día todavía durante la travesía, el barco chocó contra un arrecife, lo que hizo creer a los pasajeros que perderían la vida.

Afortunadamente, nada malo le sucedió a la tripulación de aquel navío. Sin embargo, don Jesús le hizo prometer a su flamante esposa (sí, los caso el capitán del barco) que cuando uno de los dos dejara el plano terrestre, el que quedará debía hacerle un novenario conmemorando la fecha de su deceso por el resto de su vida.

Ana como estaba tan enamorada de su marido, aceptó la condición sin interponer ninguna objeción. Después de un tiempo de pasear por otras partes del mundo, decidieron establecerse en Guadalajara, la ciudad natal de don Jesús.

Ahí compraron una gran casa. Poco después, Ana fue la encargada de acondicionarla. Es decir, ella eligió tanto el mobiliario como el estilo de la fachada de la propiedad. Algo que llamó la atención de los vecinos, fue que en el techo mandó colocar algunas esculturas de galgos de piedra.

Don Jesús falleció a los pocos años de haber regresado a tierra jalisciense. Al principio, su viuda iba cada aniversario luctuoso a rezarle su novenario. No obstante, poco después ella conoció a un hacendado con el que contrajo nupcias por segunda vez.

Es en este punto cuando las leyendas cortas acerca de lo que ocurría en aquel domicilio, comenzaron a esparcirse de boca en boca. Algunos decían que en las noches de luna llena se podían oír los ladridos de los perros. Otros aseguraban que, aunque la casa estuviera vacía, las luces de las habitaciones se encendían de manera secuencial.

Hasta la fecha no se sabe cuál fue el final de doña Ana, pues nadie en la ciudad la volvió a ver desde que dejó de asistir al panteón. Durante años la Casa de los Perros permaneció sin dueño, hasta que fue reclamada por el gobierno estatal.

De hecho, otra de las leyendas cortas de Guadalajara afirma que si una persona va al panteón en donde se encuentran los restos mortales de don Jesús y le reza una novena, al día siguiente de haber terminado el ritual, las escrituras de la propiedad en cuestión, le serán entregadas en propia mano. El único requisito que debe hacer el interesado es acudir al camposanto, en una noche de luna llena únicamente acompañado por una vela delgada para alumbrarse durante los rezos.

Si no cumple con esta condición, la casa seguirá estando en manos del Estado.

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